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Medioambiente

17 de junio: día mundial de lucha contra la desertificación y la sequía

María Cristina Zilio, docente e investigadora de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP, reflexiona sobre la importancia de repensar determinadas prácticas extractivistas de producción que impactan de manera negativa en los suelos.

Por María Cristina Zilio.

La desertificación es uno de los grandes desafíos ambientales a los que se enfrentan los seres humanos. Por ello, recordar este día declarado por la Organización de Naciones Unidas (ONU), en 1994, nos permite reflexionar sobre la necesidad de frenar no sólo la degradación de las tierras sino el deterioro general del planeta, que afecta especialmente a las poblaciones más vulnerables. Las hambrunas pronosticadas por el avance de las sequías en distintos continentes, son una de las consecuencias más trágicas de este fenómeno.

¿Qué es la desertificación? ¿Tiene que ver con el avance del desierto? En realidad, desertificación no es sinónimo de desertización ni necesariamente tiene que ver con dicho avance. Sin embargo, la imagen icónica de barcos abandonados en un desierto es testimonio de la casi desaparición del Mar Aral, otrora el cuarto lago más grande del mundo. Su superficie disminuyó a una décima parte con respecto a 1960, cuando se desviaron sus aguas hacia una zona productora de algodón.

La desertización es un proceso natural en el que una zona varía de húmeda a desértica, sin la intervención humana y por diversas causas. Por ejemplo, la Patagonia gozaba de un clima mucho más cálido y húmedo y estaba cubierta por bosques antes del levantamiento de los Andes. Los troncos petrificados en distintos lugares del actual desierto son testigos de ese momento.

La desertificación, en cambio, tiene una causa antrópica y debe ser abordada como conflicto socioambiental. Es un proceso más complejo, que se produce por una gran variedad de factores interrelacionados, pero cuyo detonante es la intervención humana en el marco del modelo dominante. Erosión del suelo, falta y/o exceso de agua y destrucción de vegetación nativa son algunos de los efectos de esta degradación de los ecosistemas.

Si bien este problema no es nuevo, se ha acelerado de manera exponencial a partir de la implantación del extractivismo como patrón básico de apropiación de la naturaleza, que privilegia la rentabilidad a corto plazo desconociendo la heterogeneidad y vulnerabilidad de los ecosistemas. Monocultivo sojero, feedlots, megaminería, megapinería (monocultivo de pinos) fracking y urbanizaciones cerradas, son algunas de las prácticas de tipo extractivista que han transformado gran parte de la superficie terrestre, alterando drásticamente ecosistemas. Estas nuevas territorialidades, que repercuten gravemente en la biodiversidad, desplazan a los actores locales de sus tradicionales estilos de vida, destruyendo sus economías familiares y su identidad histórica.

En este sentido, resulta esclarecedor el proyecto “Conflictos socioambientales en Argentina: una construcción desde la intersección entre la Geografía Crítica y la Ecología Política Latinoamericana”, desarrollado desde el Centro de Investigaciones Geográficas, del Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales (UNLP-CONICET) de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, que  se centra en la formación de nuevos ríos en las provincias de Córdoba y San Luis, asociada a la expansión de la agricultura sobre antiguos bosques xerófilos y pastizales.

Lo que plantea el estudio, como singularidad, es que estos ríos no cavan el suelo de arriba hacia abajo -como el común de los cursos fluviales- sino que se forman de abajo hacia arriba, por un proceso de erosión susbsuperficial, conocido como piping/sapping.

¿Cómo se explica este fenómeno? Los árboles actúan como verdaderas bombas extractoras de agua, la toman por sus raíces y la eliminan a la atmósfera, por evapotranspiración. Al reemplazar los árboles -de raíces profundas- por cultivos -de raíces cortas y temporales-, el volumen de agua no consumido produce un ascenso progresivo del nivel freático que, a su vez, genera un proceso de salinización y deterioro de los suelos. En síntesis, el sapping en Córdoba y San Luis es una manifestación visible del Antropocapitaloceno. Vale aclarar que este término es discutido ya que los seres humanos no modifican el ambiente como especie indiferenciada, sino como actores sociales diferenciados. Esta mirada crítica ha impulsado a rebautizarlo con variados términos alternativos, siendo Capitaloceno y Plantacionoceno los que más resuenan.

Teniendo en cuenta los distintos argumentos, propuse hace unos meses el término Antropo(capitalo)ceno como “concepto paraguas”. En este juego de palabras, cada especialista puede hacer sus aportes pero sin perder de vista una perspectiva interdisciplinaria y transdisciplinaria. Es decir, hablar del Antropocapitaloceno nos remite al origen del término (Antropoceno) y nos permite visibilizar las profundas transformaciones que está registrando el planeta pero, al hacerlo desde una mirada crítica, reconocemos que no todos somos responsables por igual, en estrecha relación con el desarrollo capitalista (Capitaloceno).

La degradación, que en las últimas décadas se replica en distintas partes del mundo, se suma a otros procesos ambientales inéditos que visibilizan el creciente papel de los actores sociales hegemónicos como una fuerza más en la naturaleza. La magnitud de las transformaciones es tan grande que se ha planteado la posibilidad de pensar una nueva época, donde la geología se une con la historia, el Antropocapitaloceno.

Investigadores de todo el abanico de las ciencias y las artes reconocen la existencia de un período caracterizado por transformaciones drásticas (antropogeoformas, cambio climático, contaminación,  dispersión de especies –como el Covid19-  y extinción de especies, ingeniería genética, tecnofósiles –ladrillos, plásticos, radionúclidos, metales, pesticidas, plastiglomerados, etc.-), a las que se suman otros factores, como la implantación de un modelo alimentario de gran escala y la obsolescencia programada de los artefactos.

Estamos frente a un verdadero desafío. El Art. 6° de la Ley de Educación Ambiental Integral, establece “fomentar el compromiso ambiental intergeneracional” está en consonancia con el proverbio indio americano: "no heredamos la Tierra de nuestros antepasados; la tomamos prestada de nuestros hijos". Como sociedad, ¿qué podemos hacer para construir una relación más justa y solidaria con la naturaleza? ¿Cuál es el papel de los distintos actores dentro de esta sociedad?

Actualizado el: 2022-06-16

Investigadores

​​​​​​​María Cristina Zilio

Profesora Adjunta en la cátedra Geografía Física 2, en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP, e investigadora en el Centro de Investigaciones Geográficas (IDHICS, UNLP-CONICET). Está abocada al estudio de las problemáticas geológicas y geomorfológicas desde una perspectiva geográfica, dentro del marco de la teoría social del riesgo. Sus líneas de trabajo actuales se vinculan al estudio de discusiones teóricas sobre el Antropoceno/Capitaloceno y el estudio de caso de problemáticas ambientales.